martes 6 de julio de 2010

Capítulo 21 - Huir

Los cuerpos se mezclaban y se retorcían como enormes animales. Los miembros mutilados estaban desperdigados por todas partes, como si fuera basura. No solo había miembros desperdigados, sino torsos abiertos en canal, costillas arrancadas y bultos entrelazados que una vez debieron formar un ser vivo.
Los cuerpos blandos y frágiles de los Apreos parecían mantequilla ante las garras de los Infectados. La única oportunidad que tenían era cuando se tiraban al agua, pero aun así, morían 4 Apreos por un Infectado, era una batalla perdida de antemano.
La nave se encontraba en el centro de la hoja, estaba completamente rodeada de cadáveres y de vísceras. Si alguno de los infectados se hacia con la nave, podía irse con ella e infectar otro planeta. Esta lucha debía terminar lo antes posible ¿pero como separar a los Apreos de los infectados?¿como avisar a unos sin llamar la atención de los otros?
Hakara sólo tuvo unos segundos para trazar un plan. Levantó una de sus armas y disparo al cielo, en ese momento unas pequeñas bolas de fuego multicolor volaron del arma hacia el centro de la hoja. Los Apreos que estaban libres o que pudieron liberarse se tiraron al agua. Los infectados observaban atónitos aquellas bolas de color y las seguían hipnotizados. Cuando estuvieron a punto de caer sobre la hoja varios infectados se golpearon para poder cogerlas con la mano; parecían niños ilusionados.
Hakara y los demás aprovecharon para moverse con rapidez por el lateral derecho. Si hubiera sabido que las bolas de luz serían tan provechosas, las hubiera utilizado antes. El problema residía en el momento que las bolas tocaran cualquier materia viva, en ese momento nacería el caos. Debían coger posición antes de que ese momento ocurriera. De frente la nave, a la izquierda los infectados y detrás un océano lleno de Apreos que los ayudarían; en caso de emergencia la mejor opción era tirarse al mar.
Azuna estaba inquieto, el plan de Hakara no estaba mal pensado, pero había algo en todo eso que le resultaba demasiado sencillo. Observo los cuerpos desechos y masticados; tanto infectados como Apreos habían sido masacrados. El suelo era una espesa alfombra de sangre coagulada y de restos orgánicos que formaban un hipnótico río hasta desembocar en el océano. La sangre se mezclaba con el azul del mar formando una mancha de tono violeta que lentamente se fundía con el azul. Azuna sabía que aquella sangre era portadora de la enfermedad, si se estaba mezclando con el agua ¿como afectaría a los Apreos? Dudaba que fueran inmunes como la pequeña Erica.
Los infectados extendieron las manos, las bolas de luz estaban a punto de tocarles. Hakara y su grupo volvió a moverse sigilosamente; estaban a escasos metros de la nave. Las voces de asombro de los infectados eran infantiles, llenas de ilusión y sorpresa. Arlen fue el primero en tirarse al suelo, el resto del grupo lo imitó, se llevaron las manos a la cabeza y cerraron los ojos; era cuestión de segundos que caos comenzara.
Los ojos del infectado brillaban con el destello de la bola de color, mostraba sus ennegrecidas encías y su mano mohoso estaba extendida hacia el cielo como si estuviera a punto de recibir un milagro. La pequeña bola toco la punta de sus dedos. Un silbido y se levanto una enorme nube gris. Según iban cayendo el resto de las bolas sobre los infectados, la escena se volvía a repetir: un silbido y una nube gris que los envolvía de cintura para arriba. Se hizo el silencio, ninguno de los infectados sabia que estaba ocurriendo a su alrededor, aunque su visión estaba mejorada por el virus, la espesa nube gris les impedía ver.
Hakara y su grupo, al estar más alejado, podían observar con mayor claridad que estaba ocurriendo. Los cadáveres de los infectados caían como moscas y el hecho de que se hubieran acercado tanto a las bolas había ayudado a aniquilar a más de la mitad. El Doctor hizo un además de levantarse; estaba asustado y no pensaba con claridad. Azuna le agarro del cuello y lo arrojo al suelo, le señalo la nube gris y le hizo un gesto en señal de que había que esperar. El rostro del Doctor estaba contraído, sudaba de forma nerviosa aunque no hacia calor y su cuerpo temblaba como un flan; estaba perdiendo el control de la situación y de si mismo; si no lo vigilaban podía convertirse en un problema.
La nube se estaba disolviendo, agachados y escondidos por la confusión, aprovecharon para acercarse un poco más a la nave; estaban a muy pocos metros y los infectados parecían no darse cuenta de su presencia.
Un chapoteo llamó la atención de Hakara. Giró la cabeza y se asomo por el borde intentando ver que ocultaba las profundidades marinas. Había muchísimos Apreos atacándose entre si. Su piel escamosa había perdido toda su vitalidad y todo su brillo; un tono mohoso cubría sus escamas y sus ojos desorbitados buscaban posibles presas. A los pocos minutos, los Apreos infectados se pudrían agonicamente y la carne se les separaba de los huesos; sus gritos de dolor y sus gestos de desesperación no tenían nombre.
Azuna también estaba observando el trágico espectáculo. Los Apreos infectados morían a los pocos minutos de contraer la enfermedad. No todos los seres respondían igual ante este virus. La mutación celular en los Apreos era inestable y acababa matando al anfitrión. Habían descubierto una cosa más.
Un grito. Hakara y Azuna giraron la cabeza. Un Apreo había salido del agua y arrancaba la carne de la pierna de Adula. Arlen apunto su arma y electrocuto aquel ser que cayo al agua sin vida mientras su carne empezaba a descomponerse. Adula gritaba de dolor. El mordisco había sido tan profundo que la pierna se sostenía por menos de un centímetro de carne. La sangre caía a borbotones mezclándose con la ya coagulada.
Un silencio sepulcral dio paso a una tensión esperada. Hakara apunto hacia la marabunta de infectados. Sus olfatos habían dado la alarma cuando la sangre fresca de Adula impregno el ambiente. Ninguno de ellos se movía, la niebla gris aún estaba sobre sus cabezas. Agachado Azuna comenzó a andar; Hakara lo imitó; Arlen entendió al momento que tenía que imitarlos.
No – grito el doctor- no la abandonaremos.
Arlen fue el único que giro la cabeza y vio como las pinzas del doctor cogían el suave y frágil cuerpo de Adula mientras su piel se volvía grisada. Tuvo ganas de llorar por ellos, pero no tenían tiempo, la nave estaba a su lado y los infectados tenían su atención puesta en los doctores. Cuando la bruma desapareciera, se echarían a ellos y los pocos que no puedan desgarrar un poco de carne irían a por Hakara y los demás; en ese momento debía estar dentro de la nave a salvo.
Un crujido metálico. La puerta de la nave se abría. Los infectados estaban lejos y los gritos de auxilio del doctor eran ignorados con crueldad. Azuna se sentía sucio y culpable, pero sabía que gracias a ese sacrificio podrían salvarse y continuar con su trabajo ¿pero era su vida más importante que la de ellos? La única que verdaderamente los ignoraba era Hakara; sus ojos se posaban en todos los infectados, parecía estar buscando a alguien.
Cuando ya se creían a salvo y a punto de entrar en la nave; un infectado salio de la nada y se abalanzo sobre Arlen. El informador estaba más atento de los gritos de los doctores que a lo que había a su alrededor. El infectado abrió su deformada boca para dar su fatal mordisco, cuando la piel de Arlen se volvió mohosa. El infectado no parecía darse cuenta de lo que sucedía cuando el cuerpo de Arlen cobro una fuerza descomunal. Agarro la garganta del infectado y de un golpe seco la separo del cuerpo.
El silencio volvió a reinar. Todos los infectados se giraron de golpe. Estaban petrificados de terror. Ninguno movió un solo cabello, sólo el río de sangre que caía al océano osaba interrumpir la escena. El cuerpo de Arlen había mutado por completo. Al principio Hakara pensaba que Arlen y los infectados eran iguales, pero ahora, al verlos juntos, se daba cuenta de la diferencia notable que había entre ellos. Su altura, su fuerza bruta, su musculatura desarrollada, el color intenso de su piel, sus encías, la viveza de sus ojos, los dedos afilados y desgarradores; era una máquina de matar sedienta de sangre.
La puerta estaba terminando de abrirse. Hakara corrió al interior con una idea en su mente. El Neuro observaba como su compañera, una guerrera, huía acojonada ante un ser terrorífico. Levantó su arma y lo apunto; si el Arlen infectado se giraba, Azuna no se lo pensaría dos veces a la hora de disparar. Para él, Arlen siempre fue un ser prescindible aunque Hakara no estuviera de acuerdo; su habilidad, más que una ayuda, podía convertirse en un inconveniente.
Arlen se movía con gran agilitad. Se fue hacia los infectados que gritaron de terror. Los más inteligentes se tiraron al agua, donde algunos Apreos no infectados aprovechaban el momento para ahogarlos. Los menos inteligentes eran destrozados, desgarrados y mutilados ante las fauces insaciables de Arlen.
Azuna estaba en estado de shock; observaba la escena sin pestañear. Los infectados no se mataban entre ellos; su carne estaba podrida, sólo cuando el virus se desactivaba y volvían a su fase normal, eran devorados por los infectados. Pero esa regla no se daba en Arlen que devoraba cualquier ser viviente que se pusiera en su camino.
Los doctores descansaban muertos uno al lado del otro cuando Arlen piso sus vísceras para desgarrar al último de los infectados. Ya nada lo detenía para ir contra los que una vez habían sido sus compañeros. Azuna, salió de su trance y volvió a agarrar el arma con fuerza.
En segundos, moviéndose en zigzag los ojos de Arlen quedaron a menos de un metro de los de Azuna. Podía sentir su hedor, el aliento sanguinareo golpeaba su rostro; las babas y los tropezones de carne caían sobre sus zapatos resbalando hasta la suela, mezclándose con la sangre desparramada que barnizaba el suelo.
Azuna calculó las posibilidades que tenía de disparar antes de que ese ser lo destripara y aún con todos sus simbioides activos, no era rival para ese monstruo.
Un crujido detrás de Azuna. Los ojos del Arlen el infectado se levantaron y apuntaron a alguien que estaba más arriba. El Neuro no se atrevía ni a moverse, su enemigo estaba concentrado en otra persona, quizás tuviera suerte y finalmente consiguiera sobrevivir a esa situación.
Los ojos de Arlen empezaron a cambiar, su cuerpo y su piel empezaron a volver a la normalidad. Azuna observaba su cuerpo buscando un posible dardo con el antídoto que Hakara escondía en la nave; pero no había ninguno. El Arlen infectado volvía a la normalidad por si mismo; en algún lugar de aquel cuerpo se escondía la consciencia de Arlen incorrupta e inalterada.
Azuna recogió del suelo el cuerpo desmayado del informador y lo introdujo en la nave. Hakara oprimió un botón y la puerta se cerro. No querían ver lo que habían dejado a su espalda, deseaban marcharse lo antes posible de aquel lugar.
En el interior de la nave, ya lejos de la órbita del planeta, Hakara se acercó al cuerpo dormido de Arlen; le desabrocho la camisa y lo esculto detenidamente. Había una enorme tela de araña en su pecho que palpitaba como si tuviera vida propia; los pequeños tentáculos se alargaban y encogían continuamente.
Después de verle todo el cuerpo, se fue directo a los ojos. Cuando se transformo de infectado a humano vio algo extraño en sus ojos, algo que reacciono al verla y le ayudo a volver a la normalidad. Abrió sus parpados y encontró algo, aunque no sabía muy bien el que. Un aro rojizo envolvía el iris y de ese mismo aro finas lineas rojizas palpitaban en el globo ocular.
Arlen se transformaba en algo.

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