lunes, 28 de febrero de 2011

Capítulo 29: Regreso a la madre

El tiempo pasaba rápido dentro de la cápsula, un sueño podría equivaler a semanas, meses y años. Gracias al líquido que los mantenía con vida sus células envejecían despacio, como si se hubieran parado en el tiempo.
Un sonido fuerte resonó en los tímpanos de Hakara. El líquido lavaba su piel blanquecina para desaparecer por los conductos. Las bandas la abrazaron y comenzaron con la estimulación muscular. Cuanto más tiempo estaba en la cápsula más tiempo tardaban las bandas en tonificar los músculos. Pequeñas agujas penetraban en las articulaciones y descargaban minúsculas corrientes eléctricas que recorrían todo el sistema nervioso.
Al cabo de unas horas abrió los ojos. La luz era tenue, pero molesta, pestañeaba con rapidez y con movimientos lentos colocó su mano derecha sobre el rostro intentando protegerse. Movía cada músculo despacio, con inseguridad; temía que en cualquier momento su equilibrio le fallara.
Tardó dos horas en levantarse. Sus piernas temblaban como gelatina; aún se sentía débil, se apoyaba en las paredes para no caerse. Se fue hasta el puente de control principal. Su corazón la golpeaba con fuerza, estaba a punto de volver a casa. Temía lo que pudiera encontrarse, no había terminado su misión y volvía bajo las faldas de su madre.
En los monitores aparecía una imagen catastrófica. La luna negra estaba completamente astillada y con profundas grietas que la recorrían como una red tejida de cicatrices. Era cuestión de tiempo que se rompiera en mil pedazos.
La tierra parecía inhóspita, su atmósfera tenía un extraño color rojo. Hakara tecleó en el comando y la imagen de la tierra aumentó. Se podían ver las ciudades y las calles llenas de cadáveres en descomposición. Aumentó la imagen y se centró en los cadáveres, tenían síntomas de Claniova. La tierra debió ser uno de los primeros planetas en padecer la enfermedad. Siguió tecleando buscando señales de ayuda que los Terráqueos hubieran podido lanzar a los sistemas vecinos; no había ninguno, por algún motivo todas las señales que salieran de la tierra estaban bloqueadas, nadie pudo dar el aviso de auxilio, por eso nadie les ayudó. Aún así, era raro que ningún sistema se alarmara por la falta de comunicación o que el comercio quedara parado, ya que la tierra exportaba insectos y plantas a otros sistemas.
Si el Cleniova había matado a todos los humanos, ¿por que la atmósfera estaba roja? Parecía una enorme nube de contaminación o de toxicidad, ¿que la había causado? Observó los lugares donde la atmosfera era más densa. Enseguida se dio cuenta del patrón, todas esas zonas eran grandes ciudades, lugares invadidos por miles de cadáveres que se estaban pudriendo. El Cleniova en descomposición podría ser peor que el Cleniova en activo. Aquellos gases eran tan corrosivos como el ácido, destruían y quemaba todo ser vivo dejando el planeta estéril.
Se acercó a la luna negra, tenía que aterrizar sobre ella si quería hablar con su madre, debía conectarse con ella. Había una pequeña zona cerca de un enorme cráter que parecía segura. Aterrizo con cuidado, no quería dañar la envoltura de su madre más de lo que ya estaba. En cuanto sus pies tocaron la dura roca sintió un escalofrío; cerró los ojos y escuchó un débil palpitar; era su madre; sintió el alarido de auxilio que la luna desprendía. Su madre estaba sufriendo.
Debía llegar al interior de su madre para hablar con ella. Bajó lentamente por el cráter intentando no caer en su interior, pero cuanto más penetraba en la tierra más sentía el latido de su madre y su dolor; la roca se ablandaba para convertirse en gravilla y esta en arena. Los dedos de Hakara se agarraban con fuerza pero la arena, cada vez más fina, acabo cediendo; la caída fue inevitable. Antes de llegar al suelo pudo impulsarse para no caer de espaldas.
El suelo del cráter era de arena negra. Hakara se agachó y colocó las dos manos en el suelo. Debía comunicarse con ella através del tacto. En una fracción de segundo sus mentes estaban conectadas, pero el dolor de su madre era demasiado fuerte y el vínculo era insostenible. Hakara recibía imágenes confusas, algunas eran de cuando era humana, había rostros de médicos y salas de hospitales. Había un rostro de un médico joven que se repetía una y otra vez, debía ser el chico del que se había enamorado; parecían felices. Hakara podía sentir las emociones de su madre, eran desconocidas para ella y demasiado fuertes, creía que se iba a desmayar. Después llegó el dolor, su piel se quemaba y se endurecía, la luz desapareció y se encontró atrapada en la oscuridad, la sensación de ahogo la empujó, tuvo que apartar las manos de golpe. Una lágrima se escabullía por su mejilla derecha. Tragó saliva antes de volver a poner las manos sobre la arena.
Después de la oscuridad llegó otro sentimiento: la soledad. Este sentimiento desterraba cualquier otro, furia, venganza, terror. No podía compartir lo que sentía con nadie, se estaba volviendo loca. En uno de esos momentos de soledad se abrazo a si misma y sintió el latido de dos corazones aparte del de ella. La siguiente visión era de su madre enfrentada por el amor y la ira. Dentro de la oscuridad los latidos se hacían más fuertes, sus bebes crecían, ella no necesitaba verlos para saber lo que les ocurría.
Su madre se acercaba a ella y la acariciaba con cariño, después se iba a acariciar a su otro hijo. Aunque los quería a los dos el trato era diferente. Su hija se vengaría de los descendientes que le trajeron la ruina y su hijo acabaría con aquello que una vez comenzó: destruir el universo.
Hakara no entendía porqué su madre no le había dicho nada, porqué le había ocultado la presencia de un hermano. Ese sentimiento llegó hasta su madre quien le respondió con una visión. Su madre unas horas antes de convertirse en la luna negra se escapo en medio de la noche, su amante la estaba esperando. Los dos se unieron en un profundo beso y se dejaron llevar por la pasión. Era la primera vez que estaba con un hombre y quería que fuera algo especial. Cuando se despidieron, la vida crecía en su interior. En el momento que se convirtió en la luna negra el poder de la creación quedó encerrada con ella y la vida que engendraba también se vio alterada.
Hakara temblaba, había sido engendrada por un padre humano, no era fruto exclusivo del poder de la creación como había pensado. Otra imagen, de los restos de vida que Hakara dejaba en el interior de su madre se formaba una vida nueva, una vida hecha de soledad, destrucción, furia, etc. Su hermano había sido creado con su ADN pero no tenía padre natural como ella. Eso no explicaba por que le había ocultado algo tan importante.
Otra imagen apareció, era el rostro de su padre. Era un joven atractivo y sonriente, estaba enamorado, la besaba y le murmuraba frases bonitas al oído. Ella lo llamaba, al principio Hakara no escuchaba su nombre, pero este empezó a convertirse en un murmullo, luego en un susurro alto, hasta que lo escuchó tan perfectamente que sintió que el mundo se le caía encima: Azuma. En su cabeza el Eco empezó a acumular imágenes, los recuerdos de Hakara y los recuerdos de su madre, hasta que identifico los dos seres que ellas conocían. El Azuna del pasado se había convertido en un gran científico que se había especializado en simbiosis con la idea de poder vivir eternamente, o por lo menos hasta que pudiera emendar el agravio cometido.
Había estado con su padre todo este tiempo, él ¿lo sabría?, en ningún momento le había hablado sobre sus objetivos o sobre su pasado. Tenía ganas de salir corriendo, quería verlo aunque no sabía para que, ¿que le diría? Estaba tan nerviosa que su cabeza se nublaba.
Un golpe, un fuerte golpe, como una taladradora en la superficie de la luna negra, después un grito desde el corazón de su madre. Hakara apartó las manos y subió por una de las paredes del cráter; sus manos en forma de gancho se agarraban a la arena intentando trepar, sin darse cuenta de que tenía los dedos llenos de heridas y llagas.
En la cima vio una nave junto a la de ella. A escasos metros una sombra con una enorme capa negra había clavado algo en la superficie de su madre.
- tú – gritó Hakara – márchate ahora mismo de aquí
- hola hermanita. – el hombre de la capa se giró.